Las “batallas de aura”, el nuevo fenómeno de redes sociales, se ha tomado los campus de distintas universidades y espacios públicos generando eventos masivos de parte de la juventud. Estas consisten básicamente en una demostración de “carisma” o “cringe” donde dos o más personas compiten bailando o realizando poses y gana quien domina a la audiencia presente. Lo que se busca es “farmear aura”; un concepto que viene del famoso juego League of Legends, que refiere a la unidad de vida que tiene tu personaje. Cuando eres “cool” tienes aura, y cuando no lo eres, pierdes aura.

Un análisis externo, como el nuestro, podría concluir que es un intento de la juventud de sentirse incluidos dentro de un grupo humano, de lograr una interacción. Pero lo interesante o paradójico es que esta actividad contradice lo que ocasionalmente se expresa acerca de la juventud: que no participan o no están conectados. O quizás la juventud está buscando exactamente lo que se dice que perdieron: ser vistos o pertenecer. Aunque pareciera ser una actividad masiva donde se aparenta tener una conectividad en gran proporción sin conexiones reales entre los asistentes, de todas formas contradice el patrón actualmente dominante en las interacciones sociales. Podría ser un giro en la tendencia a relacionarse en base al like y no en la fraternidad o el entendimiento mutuo que puedan tener dos personas. La pregunta correcta, en cualquier caso, es: ¿Este intento logra un cambio concreto en la soledad que siente la juventud?

La Organización Mundial de la Salud constituyó hace algunos años una Comisión sobre Conexión Social. Derivado de ella, el informe From loneliness to social connection - charting a path to healthier societies señala algunas cifras reveladoras y bastante desgarradoras: 1 de cada 6 personas en el mundo declara sentirse sola; la soledad se conecta con un estimado de 100 muertes cada hora, lo que se traduce en más de 871.000 muertes al año; entre un 17 y un 21% de los jóvenes entre 13 y 29 años reportan haberse sentido solos, con una tasa más alta en los adolescentes; y cerca de un 24% de las personas de escasos recursos de los países subdesarrollados reportan haberse sentido solos recientemente, que es el doble de la tasa de los países más ricos (11%). En Chile, la Encuesta Bicentenario 2023 revela que un 43% declara haberse sentido solo la última semana y 68% sin pertenencia a ningún grupo organizado.

El Papa Francisco lo formulaba muy bien cuando, en Fratelli tutti, señalaba: “Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia”. Estamos, nuevamente, presentes ante una paradoja: más posibilidad de relacionarnos, probablemente más que en toda la existencia humana, pero más soledad y aislamiento. Entonces, lo que falta son espacios en donde se genere una relación real como lo es la comunitaria, donde la presencia de verdad importe. ¿Habrá sido que estas generaciones se vieron afectadas en mayor medida dado la pandemia del COVID-19?

Si el cálculo no me falla, estas generaciones que entran hoy a la universidad pasaron su preadolescencia y adolescencia en el encierro. Dos o tres años donde la interacción entre pares se dio casi exclusivamente a través de una pantalla. Para autores de la psicología como Erikson, esta es una etapa clave del desarrollo de la personalidad y de la identidad de cada persona determinando su futuro. El no relacionarse con sus pares en una etapa clave afecta de sobremanera a la persona, generando problemas a largo plazo en las interacciones y una propensión a ser más ajenos al contacto presencial. Esto se ve en que también asisten menos a eventos sociales masivos, lo que, a su vez, parece contradecirse con la masividad de estas “batallas”. Es una hipótesis al menos interesante el plantear que, al faltarles esta interacción comunitaria en su adolescencia, están buscando tenerla ahora de manera tardía para “sanar” esa herida, enfrentarse a esta vergüenza que les faltó y finalmente sentirse validados.

Es por esto que el llamado debiese ser a recomponer el tejido social comunitario que esta generación perdió y que hoy necesita recobrar. Creo que sería un error coartar estos espacios por parte de las autoridades o las universidades. Por otro lado, corresponde buscar una manera de controlar la dopamina que generan las redes sociales y este tipo de validación pública, ya que hoy como sociedad competimos contra eso. Más allá de que esta moda se acabe, tenemos que buscar una manera de reconstruir lo perdido por la pandemia y luchar de manera más sistemática contra el individualismo generando espacios verdaderamente comunitarios.

Creo que una manera de generar aquello debiese ser lograr, en primer lugar, las mediciones que midan desde un aspecto más relacional y llevándolo más allá de la calidad de lo que podría ser. En segundo lugar, cumpliendo con lo anterior, la meta debería ser institucionalizar este aspecto en nuestra sociedad, tanto en el público como en el privado. En tercer lugar, reducir el espacio que tienen las pantallas y su relación con la dopamina, ya que hoy quienes creemos en recomponer el tejido social competimos contra esa pandemia.