Nuestra crisis, nuestra respuesta
Un manifiesto generacional
Marzo, 2026…y aunque estuviéramos seguros del fracaso, partiríamos de todas formas, porque el silencio ha llegado a ser intolerable.
EMMANUEL MOUNIER
Un país en crisis
Vivimos años de disconformidad continua y extendida. Las décadas de mayor prosperidad, estabilidad política y avances sociales de la historia de nuestro país dejaron tras de sí una maraña de contradicciones irresueltas, estruendosamente reflejadas en los acontecimientos de octubre de 2019. El caos de aquellos días, en los cuales el orden cotidiano de las cosas decidió colocarse patas arriba, planteó una serie de preguntas que aún no hemos sido capaces de responder. Quienes creyeron rápidamente tener las respuestas, percibiéndose cómodamente a sí mismos en la locomotora de la historia, se estrellaron trágicamente contra su propia soberbia y desmesura. Quienes creen tenerlas hoy, con un diagnóstico de menor estridencia pero similar radicalidad, parecen seguir el mismo camino. Un gran sector de la sociedad chilena, probablemente la mayoría, sigue a la espera de una respuesta que pueda sintetizar adecuadamente lo ocurrido.
Aunque no somos indiferentes, no sabemos todavía cuál será esa respuesta. Pero sí sabemos que sus claves se hallan, todavía indescifradas, en la crisis de octubre y sus sucesivas réplicas. Cualquier diagnóstico de la política y de la sociedad chilena debe necesariamente comenzar desde allí. El nuestro, desde luego, busca hacerlo. Observamos una sociedad sumida en un proceso de desintegración social, política y cultural cada vez más acelerada, lo cual resulta en patologías de todo orden que, de mantenerse las tendencias actuales, conducen a un conflicto social permanente sin canales de resolución, a la putrefacción lenta de nuestras instituciones y al escapismo individualista, debilitando nuestros vínculos sociales y comunitarios aún remanentes. Observamos, también, un sistema político incapaz de procesar la especificidad histórica de los problemas que atraviesa hoy la sociedad chilena, atrapado entre una izquierda y una derecha cuya inconsistencia antropológica les impide sopesar la profundidad del incordio. Observamos, por último, la posibilidad cierta de superar este estado de cosas por medio de una alternativa comunitaria, pluralista y democrática, que se proponga efectuar transformaciones profundas tendientes a producir y reproducir la sociabilidad que nos falta. No hay aquí proposiciones técnicas ni propuestas de política pública. Hay un diagnóstico de fondo y una dirección de movimiento, a partir de la cual podrán extraerse análisis de mayor especificidad.
La elaboración de un diagnóstico, y la consiguiente proposición de una alternativa, queda muy lejos del optimismo histórico. Creemos que nuestro país vive una crisis de profundidad enorme, y creemos tener algo valioso para contribuir en respuesta a ella. Pero sabemos que no somos los únicos que la tienen, y sabemos también que las apuestas no corren en nuestro favor. Somos conscientes de nuestras limitaciones de todo tipo. Somos jóvenes, tenemos una herencia política similar y nuestra visión del mundo está necesariamente incompleta. Nuestra intención es clavar una bandera: dar una respuesta —como bien pueden, y deben, existir otras— a la crisis que vive nuestro país, en la expectativa de contribuir a su resolución.
Una sociedad desintegrada
Nuestra crisis es, desde el punto de vista individual, es una crisis de sentido; desde el punto de vista colectivo, es una crisis de integración. Los vínculos que hacen posible nuestra existencia colectiva, tanto a nivel personal como social y político, han experimentado un grave deterioro en los últimos años, afectando todas las dimensiones de nuestra vida social y generando procesos de retroalimentación negativa, en los cuales la desintegración es, a la vez, causa y consecuencia de numerosas patologías emergentes en nuestro entorno. Muchos de los problemas y las inquietudes que hoy percibimos pueden rastrearse y comprenderse con precisión a partir de este marco. Entendemos la desintegración social como una pérdida de orientaciones normativas colectivamente legitimadas que otorguen sentido a la existencia compartida de una comunidad, y a cada uno de sus integrantes por sí mismos. Dichas orientaciones provienen de valores, símbolos y adscripciones que confluyen hacia una —o más de una— idea de la vida buena, que a su vez otorga sentido a las pautas de acción individual y colectiva. Nuestra crisis de sentido y nuestra crisis de integración se imbrican recíprocamente. Nuestro diagnóstico plantea que son tales procesos sociales y culturales los que han sido dañados, tanto en su eficacia como en sus condiciones de posibilidad. El resultado es un orden social incapaz de producir vínculos significativos entre las personas que lo habitan.
Podría objetarse que muchos de los procesos sobre los cuales llamamos la atención son más bien propios de la modernidad, o bien se remontan al menos cuatro décadas en el pasado. Sin embargo, varios de ellos se han acelerado vertiginosamente en años recientes. Solamente en los últimos quince años han disminuido sensiblemente —y de forma medible— la legitimidad de las instituciones públicas, la identificación y práctica colectiva religiosa —especialmente católica—, la representatividad y capacidad de movilización de las principales organizaciones de la sociedad civil, la confianza institucional e interpersonal, la tasa de natalidad y nupcialidad, la cantidad promedio de amigos reportada por las personas, y las posibilidades de acceso a la vivienda para nuevas generaciones. Por otro lado, han aumentado los crímenes violentos, la cantidad de personas viviendo en campamentos, los niveles de inmigración al margen de una política de integración y legitimación democrática, los conflictos interculturales, la gama de identidades personales subjetivamente asumidas, la ludopatía, el precio de la vivienda, la burocratización del Estado y las universidades, la polarización, la violencia en los estadios, la comercialización y frivolización de la sexualidad, y la soledad. Lo anterior se suma a problemas endémicos de nuestro país como la alta desigualdad de ingresos, la concentración de la riqueza y el poder en diferentes dimensiones, y la persistencia de múltiples formas de segregación y marginalidad.
Todos los anteriormente mencionados son procesos que convergen urgentemente hacia una desintegración social acelerada. Es este nuestro principal adversario, y de cuya derrota depende también cualquier tipo de transformación estructural ulterior. Comenzar a resolverlo significa, necesariamente, un esfuerzo por recuperar nuestra imaginación política y moral.
Una política sin respuestas
Ante una crisis de magnitud semejante, el sistema político no ha conseguido entregar respuestas adecuadas. Sostenemos que ello no tiene que ver con la falta de voluntad de los actores o la mala calidad de sus dirigencias, por mucho que ellas existan. El problema central de la política hoy dice relación, primero, con una crisis profunda de representación y participación derivada de la desintegración social antes referida; y segundo, con una estructura de competencia política que mantiene puntos ciegos en su evaluación de los problemas y los conflictos sociales. De lo anterior desprendemos que será imposible superar la crisis actual de la política, o al menos morigerar su tranco de descomposición, sin antes encontrar un anclaje que permita establecer nuevas formas de participación y representación; y sin que emerja un consenso en torno al impulso de las políticas que harían posible dichas reformas estructurales, el cual requerirá sin duda de una transformación del escenario político vigente y sus principales actores, o de la irrupción de nuevas fuerzas. Sin este nuevo consenso, creemos, cualquier esfuerzo por resolver problemas de fondo en la sociedad chilena será inútil.
Corresponde profundizar un poco más en lo ya enunciado. La política democrática requiere, en alguna medida, de la atribución de legitimidad a mecanismos estables de representación, que establezcan un vínculo permanente y virtuoso entre la base social y las instituciones públicas. Al mismo tiempo, requiere de la participación activa de los distintos sectores sociales en la vida pública, organizando sus respectivos intereses y permitiendo su identificación por parte de las autoridades. Este esquema se encuentra en una severa crisis desde hace ya varias décadas; la novedad está en la incapacidad de los nuevos actores políticos para restaurar dicha funcionalidad. No es un problema de oferta. Es un problema que dice relación con nuestra cultura, la calidad de nuestros vínculos sociales, nuestras disposiciones normativas y nuestra forma de abordar las relaciones interpersonales. Ninguna reforma al sistema político resolverá por sí sola el problema.
En tanto, la configuración vigente de la competencia política en el país hace imposible morigerar la deriva hacia la desintegración social. Mientras la derecha rinde culto a la libertad económica, supeditando a ella cualquier otra consideración, la izquierda hace lo propio con la autonomía individual respecto de las normas culturales e institucionales. Entre el libertarianismo económico-social y el libertarianismo cultural de la izquierda no existe espacio para una tradición que reivindique la importancia de los vínculos sociales fuertes, libres y solidarios. Allí donde la izquierda observa una pulsión conservadora de control, la derecha imputa un obstáculo al crecimiento económico. Las versiones moderadas de ambos bloques, aunque ofrecen matices, comparten a grandes rasgos la misma antropología, o bien son fácilmente absorbidos por la visión dominante. La delimitación estricta y la ausencia fáctica de diversidad ideológica en ambos campos facilita la tarea de la propaganda, y afecta el nivel de la conversación pública. Para encontrar respuestas a nuestra crisis no nos basta con las alternativas existentes: debemos escrutar con mayor profundidad nuestras tradiciones y abrirnos a proposiciones nuevas.
Una izquierda sin rumbo
La izquierda chilena se encuentra en la mayor crisis de su historia. Nunca, desde los albores de la democracia de masas en la década de 1930, las fuerzas políticas ubicadas desde el centro hacia la izquierda habían obtenido un resultado tan abrumadoramente desastroso en una elección presidencial. En la primera vuelta, solamente un 26% de los electores apoyaron a la candidatura única entre la Democracia Cristiana y el Partido Igualdad. En el balotaje, dicha candidatura fue derrotada por una distancia superior a los dos millones de votos, a manos de un candidato de derecha cuya impronta radical lo habría condenado a la marginalidad política en décadas previas. El gobierno de Gabriel Boric, que comenzó con grandes expectativas y estridentes proclamas sobre la superación del neoliberalismo en Chile, terminó con reformas exiguas y limitadas, una sociedad civil desmovilizada y una izquierda electoralmente jibarizada. Creemos que dichos resultados imponen la necesidad de una reflexión profunda sobre los fundamentos de la acción política de quienes, como nosotros, reconocen algún anclaje en las tradiciones políticas ubicadas del centro a la izquierda. El fiasco del proceso constituyente y el desastre político del gobierno vuelven urgente no solamente una evaluación contingente de los errores cometidos, sino un replanteamiento de sus presupuestos teóricos. Aquí mencionamos someramente algunos de ellos.
1. La crisis del paradigma de los derechos
Se ha vuelto frecuente caracterizar el programa de la izquierda en términos de “derechos conquistados”, como si se tratase de un imperativo posesivo. La izquierda hoy dominante ha llevado hasta el paroxismo la movilización política basada en la ingratitud radical: reafirmar y atizar el sentimiento según el cual la comunidad política —el Estado, las costumbres, la familia, etcétera— le debe todo al individuo, y éste, en cambio, no le debe nada a ella. Lo cierto es que la gramática radical de los derechos, liberal en su concepción, importa una antropología política ajena al bien común y centrada en las reivindicaciones individuales en lugar de una idea de vida buena. La Convención Constitucional fue un ejemplo trágico: a falta de una visión integradora de la identidad nacional, ella ofrecía granjerías del Estado para aquellos sujetos —arbitrariamente delimitados— que fuesen capaces de reivindicar para sí una identidad subalterna.
2. La crisis de la política Estado-céntrica
La obsesión con los procesos electorales como aquellos momentos que condensan el trabajo político en pos de un ideal de sociedad es algo completamente nuevo en la historia de la izquierda chilena. El histórico trabajo de masas ha sido abandonado, o bien adaptado a la medida del imperativo de la captura del Estado. Los partidos de izquierda se organizan territorialmente en “comunales” y, a nivel estudiantil, en bases partidistas; la acción política queda supeditada a la necesidad de reproducción de aparatos burocráticos deslegitimados ante su entorno. Quienes postulaban hasta hace algunos años “la autonomía del movimiento social” fueron, trágicamente, los primeros en adoptar dichas prácticas. Orientar todos los problemas a partir del Estado despoja de agencia a las comunidades de base, debilita la organización social como práctica cotidiana, favoreciendo el peticionismo individual y la alienación respecto de sus capacidades.
3. La crisis del libertarianismo cultural
Durante las últimas décadas, la disputa de la esfera cultural ha ganado terreno en las prioridades políticas de la izquierda. El mentado rechazo hacia la normatividad tradicional —bien justificado en algunos ámbitos— llegó a extremos absolutamente insensatos de nihilismo, descartando por completo la importancia de promover un espacio de identificación común y vínculos que hiciesen posible las estructuras de solidaridad en cuya posibilidad descansa el ideal societal de la izquierda. La promoción ideológica de la autonomía individual, además, no nos ha hecho felices. La apertura de nuevas categorías de identificación social, nuevos espacios para la autoexpresión y el ejercicio de dichas prácticas no ha revertido la desintegración y alienación en sentido alguno. Para peor, este libertarianismo entronca paradójicamente con una pulsión autoritaria que la izquierda no supo administrar durante el siglo previo: la expansión de la soberanía individual ha sido acompañada de la exigencia desmedida de restringir libertades básicas, particularmente la libertad de expresión. En su materialismo, además, la izquierda ve individuos, no personas humanas; por ello justifica daños a personas concretas como “costos de la revolución” y no tiene problemas en restringir libertades o aplastar valores que estima errados.
4. La crisis de reflexión intelectual y autoobservación
Por largo tiempo, la izquierda chilena se caracterizó por la proliferación de sectores intelectuales que teorizaban acerca de su proyecto y su praxis política. La formación se concibió en términos naturales como parte de la militancia izquierdista. Es por ello que resulta sorprendente la ausencia de debates respecto de su trayectoria reciente y de los cambios que la han acompañado. Nos parece que esta crisis obedece a la incapacidad de plantearse preguntas incómodas que obliguen al sector a cuestionar dogmas fundacionales de la “nueva izquierda”, especialmente en el ámbito cultural; una fuerza homogeneizante que le resta versatilidad política a su discurso y reemplaza la profundidad argumentativa por el reproche moral y la reproducción de consignas.
¿Qué concluimos de todo lo anterior? El fracaso de la izquierda contemporánea no ha sido solamente político, social y cultural; ha sido también —y especialmente— antropológico. No ha podido —ni intentado siquiera— superar la contradicción fundamental entre la demanda por un modelo de desarrollo fundamentado en la solidaridad y la promoción de una antropología esencialmente libertaria, centrada en la apertura ilimitada de posibilidades de autoexpresión individual y con una perspectiva de ingratitud respecto de la comunidad política. Los seres humanos no pueden ser solidarios e ingratos a la vez. Y los fines, como sabemos, se anticipan en los medios: el proyecto izquierdista tiende a desnaturalizarse con esta antropología individualista hasta fundirse en ella. Una reflexión a la altura de los desafíos actuales implica, sobre todo, tomarse en serio el tipo de ser humano que la política de izquierda presupone y promueve.
Una derecha sin soluciones
La izquierda, tal como está configurada hoy desde el punto de vista ideológico y orgánico, no tiene la capacidad para sacar al país de la crisis en la cual se encuentra. Dicha constatación, sin embargo, no implica por sí sola que sea razonable confiar los destinos del país a quienes se ubican en el flanco derecho del campo político. Nuestra crítica a la izquierda es radical, pero ello no nos ubica, ni nos ubicará, en la derecha. Mucho menos en una derecha como esta, donde predomina la defensa de los intereses de quienes usufructúan económicamente de nuestra crisis y muchas de las injusticias sociales que aún perduran en nuestro país. Hoy ha triunfado una versión particularmente radical de ella, con liderazgos abiertamente defensores de versiones extremas del libre mercado, un conservadurismo decimonónico y un autoritarismo impenitente, dispuesto a restringir libertades como no lo hacían desde hace décadas. Aquellos otrora loables esfuerzos heterodoxos de renovación de la centroderecha —liberales y socialcristianos— han agachado el moño y aceptado la conducción de tales liderazgos a cambio de pequeñas cuotas de poder, tal como antes lo hiciera la centroizquierda histórica con la nueva izquierda radical. Los problemas de fondo, sin embargo, siguen ahí y la derecha triunfante no solamente parece no advertirlos, sino que manifiestamente se propone agudizarlos en un arco de radicalización descaminado.
1. La crisis de una sociedad hiperconcentrada
Chile es una de las sociedades más desiguales del mundo. No porque algunos de los principales voceros de dicha consigna hayan mostrado ser inefectivos y superficiales ella pierde un ápice de realidad. Basta un recorrido de algunas horas por Santiago para verificar la profundidad que alcanzan las diferencias sociales en nuestro país: son dos, o más, mundos aparte. Estos grupos, además, rara vez cuentan con espacios de interacción mutua, y cuando ellos ocurren suelen ser conflictivos. Construir un sentido de vida común e integración plena requiere un esfuerzo importante para reducir tales diferencias, cuestión para la cual la derecha no ha estado, de hecho, disponible. En ello campea la estrecha asociación de la derecha con los grandes poderes económicos, cuyo peso es incluso mayor al de los partidos políticos en su estructura. La desintegración social no será revertida por aquellos que usufructúan de ella, cuyos negocios descansan en el “molino satánico” —la promoción de la inmigración masiva es un ejemplo palmario— y cuyo privilegio relativo depende esencialmente de la existencia de desigualdades moralmente injustificables.
2. La crisis de las contradicciones de la modernización
Así como la izquierda no ha logrado siquiera abordar la paradoja que implica fusionar una antropología individualista con un ideal socializante, la contradicción fundamental que corresponde a la derecha es la de una ideología que, simultáneamente, celebra la liberalización económica pero deplora sus consecuencias en el plano de la cultura. Así como la izquierda es ilusa en pretender construir estructuras de solidaridad a partir de una antropología individualista, la derecha lo es con mayor razón al pretender armonizar la defensa de ciertos valores tradicionales con la mercantilización de todo lo existente. Cada vez más bienes sociales se encuentran distribuidos y disponibles con arreglo a la capacidad de pago; cada vez más instancias de interacción se encuentran mediadas por el dinero. Y el imperativo del crecimiento económico a cualquier costo exige continuar ampliando dicha esfera, debilitando al mismo tiempo, y a un ritmo frenético, lealtades y valores tradicionales contradictorios con el imperativo de la optimización. Todo lo sólido se desvanece en el aire.
3. La crisis del conservadurismo retardatario
Un lector desatento podría confundir nuestra posición con el conservadurismo. No es así. No somos conservadores, sino defensores de una idea de la vida buena que trasciende las épocas y que debe ser juzgada en su mérito, con independencia de su tiempo. No defendemos la discriminación por razones de sexo, orientación sexual, raza, origen social o religión del mismo modo en que no defendemos la esclavitud ni la hacienda. No queremos volver a un pasado erróneamente idealizado; queremos un orden político y social que, recogiendo lo mejor de él, promueva la formación de vínculos nuevos. La derecha, en cambio, continúa anclada en prejuicios que constituyen también un obstáculo para la integración social. Peor aún: muchas de estas disposiciones, en cierta retirada, han adquirido nuevos bríos entre generaciones jóvenes y han propulsado la radicalización de la propia derecha.
4. La crisis del autoritarismo latente
Mencionar que la derecha chilena tiene un problema histórico con el ejercicio de la autoridad del Estado es prácticamente autoevidente. En cualquier caso, no nos interesa sacar a relucir viejas concupiscencias, por lo demás suficientemente conocidas. Nos basta con lo que observamos en el día a día. La derecha ha adoptado, en años recientes, un discurso que se aproxima de forma peligrosa a las pulsiones autoritarias de restricción de las libertades de expresión y protesta, esenciales en cualquier comunidad democrática. El ánimo represivo, trasuntado de venganza, augura una difícil administración de cualquier tipo de conflicto social y político emergente.
Las etiquetas de izquierda y derecha no tienen un contenido necesario. Se definen y transforman históricamente; pueden llegar a representar combinaciones ideológicas muy diferentes de acuerdo con sus trayectorias respectivas y los contextos dentro de los cuales se ubican. En Chile, sin embargo, la derecha representa, en primer lugar, la defensa de un orden económico y social fundamentalmente injusto, cuya reforma es indispensable para avanzar hacia una sociedad más integrada. De igual forma, la mercantilización de la vida social que ella propugna agudiza la crisis de sentido y el deterioro de los espacios comunitarios, erosionando las condiciones de posibilidad de conservación de los valores culturales que dice defender. Finalmente, la derecha realmente existente resulta en una combinación de libertarianismo de mercado y un autoritarismo de Estado latente, sin alternativas para la especificidad de la crisis que hemos caracterizado.
Donde los extremos se tocan
Nuestra generación vive en el páramo dejado por el agotamiento sucesivo de tres proyectos históricos: el proyecto de la Concertación, que ubicó al país en una senda de consolidación democrática y prosperidad económica nunca antes vista, pero que sucumbió ante su incapacidad de construir instituciones capaces de interpretar las transformaciones sociales y culturales; el proyecto de la derecha piñerista, economicista y tecnocrático, centrado en la buena gestión y la promesa de movilidad social como ancla, que no llegó a desarrollar mayor profundidad histórica ni simbólica, más allá de la potencia electoral de su líder; y el proyecto de la nueva izquierda, que mezclaba intransigencia retórica con indefinición programática y libertarianismo cultural, prometiendo la “superación del neoliberalismo” en términos nunca especificados, y que terminó por descalabrarse con estrépito luego del primer proceso constituyente y el gobierno anterior.
La centroizquierda a la cual hemos pertenecido, salvo honrosas excepciones, ha devenido en una masa informe de personas e instituciones en descomposición cuyo denominador común es una coincidencia puramente geométrica: no estar ni en la derecha ni en la izquierda radical. No hay proyecto común porque, en rigor, no puede haberlo. Donde hubo alguna vez confluencia entre humanismo laico y humanismo cristiano no quedan más que intuiciones vacías. Quienes tratan de arrancar hacia la izquierda o hacia la derecha no han tenido éxito ni lo tendrán. En el mejor de los casos, suministrarán cuadros técnicos y un diferencial de legitimidad simbólica a proyectos ajenos, respectivamente incapaces de resolver los problemas de fondo de la sociedad chilena, mientras contaminan la esfera pública con una retórica estridente cuyo único propósito es justificar su propia existencia a partir del antagonismo con la caricaturización de su adversario. Nuestros extremos, mucho más banales e inofensivos —casi risibles— que los extremos de otras épocas, se alimentan recíprocamente de la basura que producen.
La desintegración social es el punto ciego de la política chilena. Ocurre a ojos vista, pero nadie parece hacer demasiado para evitarla, ni pensar fórmulas ambiciosas para morigerarla. Mientras unos temen que un combate decidido contra ella pueda comprometer “derechos conquistados”, otros velan por “el crecimiento económico” como prioridad insoslayable. Ni la izquierda ni la derecha, estructuradas como lo están hoy en Chile, están dispuestas a abandonar la antropología liberal; aquello que Jean-Claude Michéa denominara como “orientación al infinito”. Mientras unos se niegan en atención a sus dogmas culturales —mal entendidos—, otros lo hacen en atención a sus dogmas económicos. Pero esta convergencia no opera solamente a partir de la omisión. Dejado a sus anchas, el individualismo de los derechos colapsa en estatismo: cuando el orden social se entiende como reparto de derechos individuales, crece el Estado para “garantizarlos”, desplazando la organización comunitaria y poniendo en tensión el ejercicio de libertades naturales básicas. Así, en fin, ambos extremos perpetúan un individualismo radical que, ya impulsado por la inercia, atenaza el espíritu nacional y agudiza nuestra crisis.
Nuestra afirmación: una propuesta reformista, pluralista y comunitaria
Hasta el momento, hemos delineado pormenorizadamente nuestro diagnóstico de la sociedad chilena, el carácter específico de su crisis actual y cómo el sistema político, bajo la estructura de competencia vigente, no ha sido ni será capaz de responder a ella. ¿Qué alternativa cabe oponer a este estado de cosas, entonces? En general, elaborar un proyecto afirmativo nunca es un ejercicio sencillo para las posiciones escépticas del liberalismo: las transformaciones culturales son mucho más difíciles de movilizar que aquellas puramente formales, y las transformaciones sociales y económicas asociadas con un proyecto de integración social suelen colisionar con predisposiciones fuertemente asentadas en el modelo de desarrollo vigente. Somos conscientes de la dificultad de nuestra empresa. Pese a ello, y considerando el diagnóstico previamente vertido, postulamos aquí una afirmación política de transformación social y cultural que disponga las condiciones propicias para revertir las tendencias estructurales de desintegración social, y ubique al país en una senda de construcción de nuevos vínculos sociales. Aunque nos ubicamos en la larga y rica tradición de la centroizquierda histórica en Chile, caracterizada por la armonización del humanismo laico y el humanismo cristiano, creemos que los elementos principales de nuestra propuesta van más allá del esquema izquierda-derecha tal y como se concibe en la actualidad en Chile. Ello obedece, precisamente, al carácter de los problemas que hemos identificado como centrales en la crisis que experimenta hoy el país. Lo que presentamos a continuación son algunas orientaciones de movimiento; intuiciones normativas que guían nuestra propuesta y de las cuales habrán de extraerse lineamientos para la acción política y social; principios y valores de convivencia; y proposiciones concretas de políticas públicas.
De los “derechos” al bien común
La gramática de los derechos, que privilegia las exigencias del individuo a la comunidad política en desmedro de su contribución a ella, se ha desarrollado en íntima afinidad con la estructura antropológica del libre mercado, donde el imperativo de maximización del bienestar individual trasciende cualquier sentido de responsabilidad cívica o comunitaria. Nuestra proposición es la de reemplazar la gramática de los derechos por una gramática del bien común: fundamentar el respaldo a determinadas prácticas o políticas no en virtud del beneficio que reporten para cada individuo que lo reivindique, sino para el cuerpo social en su conjunto, orientadas al despliegue de las virtudes sociales y personales inscritas en la naturaleza humana.
Del estatismo a las autonomías sociales
El “Estado-centrismo” de nuestra política ha relegado a una posición secundaria la necesidad de reconstruir el tejido social y comunitario necesario para la integración social y la vida plena. La provisión y el acceso a servicios adquieren, habitualmente, una modalidad que refuerza la vinculación individual de las personas con sus pares y con las instituciones, desincentivando la organización social de base. Es momento de que las fuerzas políticas, tanto en su práctica cotidiana como en su proyecto, incorporen explícitamente la promoción de las autonomías sociales solidarias, dotándolas de herramientas para desenvolverse en la vida pública y producir cohesión entre sus integrantes. Aspiramos a una sociedad que se comprenda a sí misma como una “comunidad de comunidades”, donde a cada persona le corresponda un entorno que comparte con otros, objetiva y subjetivamente, y pueda desde allí orientar de mejor forma su propia vida y la relación con las instituciones públicas.
De la clausura ideológica al pluralismo
En cualquier sociedad compleja, la heterogeneidad y la diversidad de posiciones ideológicas y valores es un dato de la causa. Una vida colectiva saludable requiere, sin embargo, de mecanismos culturales e instituciones que permitan gestionar dicha heterogeneidad, sin caer en la clausura ideológica. Hemos dicho que la segregación económica y social produce efectos del todo negativos en la integración social; sostenemos que algo similar ocurre con la segregación cultural e ideológica, y algunos de sus efectos ya los hemos conocido en el pasado reciente. Ante las tendencias de clausura, que promueven una polarización afectiva insustancial, proponemos revalorizar el pluralismo como principio orientador. Comprometerse con el pluralismo significa, a la vez, diversificar conscientemente los centros de poder e influencia social, y también integrar dentro de ellos una perspectiva de diálogo permanente, creando espacios propicios para ello. Lo anterior implica también una apuesta decidida por el reformismo como práctica política: no por moderación sino por una valoración sustantiva del diálogo entre diferentes como herramienta indispensable para transformar aquellas cosas que sea preciso transformar, y conservar aquellas cosas que sea preciso conservar.
De la hiperconcentración a la desconcentración
Nuestro país se caracteriza por la concentración económica y de poder, que resulta en la segregación de la vida social de acuerdo con la capacidad de pago de los diferentes segmentos de la sociedad. Para ello se requerirá un esfuerzo en dos frentes: primero, crear espacios de vinculación e interacción directa entre quienes provienen de orígenes diversos; segundo, proceder a desconcentrar y difundir, tanto como sea posible, la administración y propiedad de los bienes que cumplen una función social relevante. Nuestra convicción es que mientras más personas —organizadas en comunidades de sentido— participen, en alguna medida, de las decisiones relevantes dentro de una sociedad, ella puede servir de mejor forma a los fines dados por la sociabilidad natural del ser humano y su adecuado despliegue.
De la atomización a la solidaridad
La atomización social, que se desprende directamente del proceso de desintegración que hemos referido anteriormente, resulta problemática en al menos dos sentidos. Primero, desconfigura los vínculos horizontales que otorgan a las personas una red de apoyo material, coherencia simbólica y sentido intersubjetivo; segundo, disuelve los vínculos verticales que relacionan a las personas con las instituciones que gobiernan la vida pública. El sujeto atomizado, expresión de la crisis de sentido y la crisis de integración social, se encuentra desanclado simultáneamente de sus pares y de las instituciones. Revertir esta situación requiere de la construcción de estructuras de solidaridad, que promuevan y hagan posible la sociabilidad humana en las distintas esferas de la vida social. No se trata de direccionarla por medio del Estado, sino de disponer las condiciones necesarias para que pueda florecer, las cuales se encuentran bloqueadas por la desigualdad, la burocratización y la mercantilización. Ser capaces de crear sociabilidad y crear comunidad.
Del nihilismo a la vida buena
Hay nihilismo allí donde no existen orientaciones sustantivas de sentido para la vida que vayan más allá de la autoafirmación y de la maximización del bienestar individual a corto plazo. Identificamos, sin embargo, una avidez de sentido en las nuevas generaciones. No es ella mayoritaria ni culturalmente hegemónica, pero proporciona una base sobre la cual proyectar una idea nueva de bien común y vida buena. Hoy aguarda ser recogida y dinamizada por un proyecto social, político y cultural que vea en ella un valor a proyectar. Creemos que no es posible salir del actual entrampamiento histórico sin adoptar una visión sustantiva de la vida buena, que recoja lo mejor de nuestras tradiciones e incorpore los debidos aprendizajes. Una vida buena es aquella en la cual el ser humano establece relaciones significativas con sus pares, no mediadas por el placer ni el interés cortoplacista, sino por la convicción de que al hacerlo está cumpliendo el imperativo de una sociedad más justa, buena e integrada. Es aquella en la cual nos hacemos responsables de nuestros pares, tanto a través de las instituciones que nos hemos dado como de nuestra propia voluntad libremente ejercida. Es aquella con una visión sustantiva de la belleza, de la virtud, de aquellas acciones que son buenas en desmedro de las que no lo son, de aquellas cosas que son correctas en desmedro de las que no lo son. Aquella, en fin, donde el individuo y su autodeterminación es trascendido por un sentido de comunidad en orientación al bien común.
Somos un espacio autónomo, de convicciones reformistas, democráticas y comunitaristas con perspectiva de transformación social; aspiramos a una sociedad integrada, solidaria y pluralista, con amplia participación popular y desconcentración del poder; y a revertir las tendencias actuales hacia la desintegración social y la pérdida de sentido. No somos conservadores, sino forjadores de una nueva ética de la virtud que ilumine nuestro camino hacia una sociedad mejor. Aspiramos a construir una alternativa que reemplace el paradigma de los derechos individuales por el paradigma del bien común; el paradigma de la política centrada en el Estado por el paradigma de la comunidad y las autonomías sociales; el paradigma de la clausura ideológica, el dogmatismo y la polarización afectiva por el paradigma del pluralismo, la discusión libre y el intercambio de ideas. Un espacio político y cultural que sea crítico de la desigualdad, la segregación, el autoritarismo, la concentración económica y de poder, pero también de la disolución de los vínculos sociales, el individualismo, la burocratización, la crisis de sentido, el libertarianismo cultural y la frivolidad cortoplacista.
Nuestro llamado
¿Por qué resulta tan difícil proyectar hacia el debate público una visión de la vida buena que armonice comunidad, solidaridad y bien común en una perspectiva de integración social y reducción sustantiva de las desigualdades e injusticias existentes en la sociedad chilena? Nuestra respuesta se ha anticipado en el diagnóstico. La estructura vigente en la política y la cultura mantiene nuestro debate público anclado en dos posiciones irreconciliables, que modelan en conjunto un laberinto del cual todavía buscamos la salida. Sabemos que los tiempos y muchas de las tendencias estructurales no corren a nuestro favor, y que nuestro alegato puede ser ya extemporáneo. No nos importa. Pertenecemos a una generación que vio desplomarse al proyecto social y político de la Concertación, que presenció el catastrófico fracaso de quienes aspiraron —por ambos costados— a reemplazarla, y que desconfía profundamente de las lecturas que hoy parecen temporalmente imponerse. Si todas las respuestas se han mostrado por ahora inefectivas, ello sólo expresa la necesidad de seguir buscando, intentando, proponiendo. No queda más.
Creemos que ha llegado el momento de confrontar directamente, al mismo tiempo y con toda la fuerza que tengamos disponible, el individualismo, el nihilismo y la desintegración social. No nos conformamos con combatir por separado el liberalismo en el plano económico-social y el individualismo nihilista en el plano cultural. Sostenemos que ambas son una y la misma cosa, y que comenzar a superar el estado actual de cosas requiere de reconocer dicha realidad. Multiplicar los espacios de organización local y comunitaria, potenciando los ya existentes. Construir nuevas instituciones que permitan integrar colectivamente a las personas en los asuntos públicos. Proyectar imágenes de una nueva ética de la virtud, asentada en una idea sustantiva de la vida buena y del bien común. Evaluar cada política pública en función de la sociabilidad que sea capaz de producir en torno a ella, adoptando con fuerza aquellas recomendaciones que al efecto ya han elaborado, sin éxito, muchos investigadores e intelectuales. Terminar con los prejuicios sectarios que nos mantienen atrapados entre dos extremos políticos en secreta e íntima colusión, que contaminan periódicamente nuestra esfera pública y nuestro espíritu a la vez que desgarran por ambos costados lo que nos queda de integración social.
A la crisis de sentido respondemos con una idea de la vida buena, a la vez renovada y fundamentada en el acervo histórico de tradiciones imperecederas. A la crisis de integración social respondemos con una idea de bien común, que permita reconstruir aquellas estructuras institucionales que favorezcan la conformación de nuevos vínculos centrados en la virtud. A la desesperanza, la alienación, la perplejidad, respondemos con una dirección de movimiento.
Construir un país para salir de la crisis actual que amenaza nuestro porvenir, abrir un ciclo histórico de esperanza, y volver a soñar con la promesa del futuro esplendor.
Esa, más que cualquier otra, es la gran tarea de nuestra generación.