En un frío miércoles de otoño, la incipiente banda de indie chilena Candelabro estrenaba, a Cúpula llena, su nuevo disco Deseo, Carne y Voluntad. Con alrededor de un millar y medio de jóvenes coreando canciones, la escena lograba con éxito anotarse otra estrellita en una reñida industria, marcada por el imperio de los algoritmos, la visibilidad y el fenómeno que autores como Arturo Arriagada han denominado “plataformización”.

La juventud en Chile actualmente atraviesa un período complejo. En medio de un contexto de polarización afectiva e ideológica, desconfianza en las instituciones democráticas y el alza de la soledad producto del uso intensivo de las redes sociales, corresponde indagar cuáles expresiones culturales contemporáneas sirven de refugio a una juventud en constante búsqueda de identidad y pertenencia.

En este aspecto, no es descabellado afirmar que en las expresiones culturales del género musical se asoma una disputa silenciosa en la construcción de un horizonte que dote de sentido a una juventud sumida en la desafección, sin organizaciones comunitarias sólidas a la vista (como puede ser una junta de vecinos, clubes deportivos o colectivos artísticos) y una virtualidad tribalista que elude el consenso. Esta disputa actualmente ofrece dos caminos delineados difusamente: Por una parte, la construcción de comunidades en torno a bandas de pequeño alcance, pero con alta fidelidad por parte de sus fans. Por otra, la narcocultura musicalizada ofrece cuestiones similares, tales como pertenencia, identidad y estatus, pero a costa del sacrificio de carreras, sueños y vidas. Si el éxito de Candelabro ilustra lo primero, lo que ocurre comúnmente en las expresiones culturales del narco refleja lo segundo.

La crisis de seguridad que actualmente enfrenta nuestro país va mucho más allá de la estridencia y la proliferación de medidas contra el crimen organizado. Es también una crisis de sentido para cientos de jóvenes vulnerables que ante la deshumanización que ofrece la mano dura, ve en la caída de jóvenes vinculados al crimen mártires de causas justas. No es de extrañar que en redes sociales, como también en afiches alusivos a narcofunerales, aquellos soldados caídos reflejan un estilo de vida ostentoso, joyas de alto valor, viajes al extranjero, fardos de billetes, armas, todo junto a compañeros del hampa.

La cultura en torno a los caídos del narcotráfico es también expresión de un fenómeno más profundo. Una industria que ha hecho la vista gorda a la expansión del narco. Es esta cultura que a punta de financiamientos espurios, alcanza a diario millones de visitas, likes y reproducciones en plataformas digitales con gran resonancia en las clases populares. Es también una cultura que de forma impúdica enaltece la desconfianza en redes comunitarias, el Estado y los deberes con el prójimo, llamando a cientos de jóvenes desafectos y frustrados a una vida corta y fácil, pero llena de placeres, como bien es expresada en sus líricas:

En paz descanse mi hermano, en la calle siempre fue un patrón Nunca le dio la espalda cuando saltó en problemón Aquí dejaste un vacío muy grande en el corazón Seguimo’ disparando, tu’ hermano’ en el calentón

(Letra de Giuliano Yankees - Soy un simple bandolero)

De menorcito se crio en un barrio Con pistola joya tussi y mucho carro Pa la Glock-Glock pasándole carro El pase de oro tussi bien morado

(Letra de Juliano Chieff Tv - Masita X Siempre)

Con todo, es indudable que la fina línea entre lo que entendemos comúnmente por narcocultura y las expresiones de artistas de raigambre popular en géneros como el reggaeton, el mambo y la guaracha se ha vuelto cada vez más difusa con la expansión del crimen organizado. No obstante, más que el llamado a buscar su penalización o derechamente prohibición (véase Peso Pluma en Viña del Mar) urge reflexionar sobre qué está marcando la pauta en los oídos de las masas, cuáles son los valores transmitidos en sus letras y cómo esas expresiones culturales son vividas de forma colectiva.

La experiencia de Candelabro en el Parque O’Higgins (y que por cierto será igual o más exitosa en el Teatro Caupolicán, que en solo horas agotó todas sus entradas) no es para tomarla como un hecho aislado. El indie chileno goza de un momentum que merece la atención de mucho más que sellos discográficos con ánimos de lanzar carreras exitosas de artistas nacionales. El indie chileno es una escena pequeña, pero que en su resiliencia se rehúsa a caer.

Entre groupies, fanáticos de diversas clases sociales y músicos de medio tiempo, logran a punta de tocatas en lugares furtivos y precios austeros, la gestación de comunidades con identidad propia, historias, relatos colectivos y experiencias compartidas.

Es esta experiencia comunitaria de la escena la que debemos rescatar ante el avance de la narcocultura. Una experiencia orgullosa del talento nacional en constante emergencia, sin el beneplácito del crimen organizado. Expresiones culturales que florecen sin estar rendidas al dictamen del algoritmo y ofreciendo una alternativa a nuestra generación sumida en el nihilismo.

La superación de este nihilismo, caracterizado por la falta de liderazgos claros, interlocutores políticos relevantes y podredumbre en el debate de ideas, bien podría ser potenciada por artistas que llamen a experimentar la cultura no desde la desconfianza en el otro, la vida fácil del crimen organizado y la ostentación de armas, sino desde el encuentro, la conversación, la bohemia amistosa y una identidad propia, que muchas veces recae en la importación de categorías foráneas.

Tomarse en serio la cultura, esa última frontera, es aquilatar el desafío de revitalizar nuestra nación con vínculos comunitarios sólidos y propiamente humanos. El llamado que hacemos desde Umbral, es que conviene hacerlo antes de que sea demasiado tarde.