La tarea fundamental de una sociología con vocación pública es la de incorporar realidades cotidianas, fácilmente observables, bajo conceptos susceptibles de ser generalizados. Una sociología crítica, en tanto, utiliza dichos conceptos para identificar características patológicas en la sociedad que habita, identificando contradicciones y ofreciendo perspectivas de alternativas posibles. Uno de los mejores sociólogos del siglo XX, en este sentido, fue George Orwell. Mucho más que el escéptico autor de Rebelión en la granja y 1984, o el izquierdista con afinidades libertarias de Homenaje a Cataluña, Orwell —pseudónimo de Eric Arthur Blair— fue uno de los más agudos observadores de su época, logrando con creces su declarado propósito de “convertir el ensayismo político en arte”.
En uno de los tantos pasajes geniales de El camino de Wigan Pier, Orwell llama la atención sobre la distancia entre la composición mesocrática —altamente ideologizada— de la dirigencia izquierdista y la base social que busca representar. Un trabajador cualquiera, dice Orwell, “es más auténticamente socialista que el marxista ortodoxo”, ya que centra su perspectiva en “la justicia y decencia común”. Para Orwell, mucho más allá del materialismo dialéctico, los valores ilustrados y las ideaciones sofisticadas de cualquier ideólogo, la mayoría de las personas anhela una mejoría en sus circunstancias vitales sin dejar de centrar su interés “en las mismas cosas que ahora: la vida familiar, el bar, el fútbol y la política local”.
Estos cuatro puntos cardinales son aquellos espacios donde florece la vida colectiva propiamente tal, y de su subsistencia depende también la existencia misma de la comunidad, cuestión que la política institucional “olvida y torna a olvidar” (Borges). Como ha observado Jean-Claude Michéa, uno de los mejores intérpretes de la obra política de Orwell, la idea de vida buena aquí presente no descansa estrictamente en una antropología optimista de “buen salvaje”. En cambio, emerge de la constatación de que existen ciertas estructuras, propias de una determinada configuración de la vida social, política y cultural, que producen las condiciones adecuadas para el despliegue de la “decencia común” referida por Orwell.
De tal suerte, una examinación crítica de la trayectoria de los cuatro espacios nombrados por Orwell permite reconocer hasta qué punto nuestra vida común se ha deteriorado. En términos aristotélicos: de qué forma las condiciones de posibilidad para una existencia propiamente orientada hacia los bienes naturales del florecimiento humano —de los cuales la “decencia común” es una expresión— se han erosionado hasta volverse irreconocibles. En las últimas décadas el ejercicio de dichos espacios se ha vuelto crecientemente difícil, alcanzando en muchos casos dimensiones patológicas. Se trata, en muchos casos, de un fenómeno global, el cual ha alcanzado de todas formas una velocidad y severidad preocupante en Chile.
El primero es la vida familiar. Desde luego, como sabemos gracias a investigadoras como Sonia Montecino, en Chile no existió nunca una estructura propiamente patriarcal ni familística similar a la de los países del primer mundo. En años recientes, sin embargo, han aumentado sostenidamente los hogares monoparentales, a la vez que la natalidad y nupcialidad caen en picada. En lugar de resolver las antinomias de la vida familiar tradicional, los discursos mayoritarios —y las estructuras socioeconómicas— actualmente vigentes tienden a despreciarla y trivializarla. Así, para muchos hoy resulta indiferente si un niño crece en un hogar monoparental o biparental; si sus padres mantienen algún tipo de vínculo trascendente. Muchos jóvenes no reconocen hoy siquiera el valor de formar algo así como una familia. Los resultados —incluso psíquicos— ya comienzan a ser visibles.
El segundo es el bar, uno de los “terceros espacios” (Oldenburg) por antonomasia. Una crónica de reciente publicación tematiza lo que cualquier santiaguino puede observar sin ir demasiado lejos: el “ocaso de la vida nocturna” en la capital, replicado también en otros lugares. Por la razón que fuere, las personas ya no salen de sus casas, con la pérdida de sociabilidad que ello conlleva. La privatización de nuestra vida nocturna encuentra crudos paralelos con lo que algunos sociólogos norteamericanos identificaron en el paso del “patio delantero al patio trasero” (front porches to backyards): el secuestro de nuestra propia apertura social, reflejado en la declinante interacción mediata dentro de espacios como los bares.
El tercero es el fútbol. Un estudio reciente de Fastcheck observó que los incidentes graves en los estadios se han triplicado durante la última década, a la vez que la extorsión se mantiene como un lucrativo negocio para las lumpenizadas barras bravas. Mientras tanto, la asistencia a los mismos viene en baja sostenida, y la afiliación de base a las instituciones más aún. El periodista Juan Pablo Meneses habla de “postfútbol”. El paradigma “asociacionista” tradicional en los clubes ha sido reemplazado por la captura vil de empresarios, prestamistas y representantes de jugadores. No es extraño que, al retirarse nuestra “generación dorada” —formada en los viejos clubes, antes de la invasión de las SADP—, nuestro fútbol y el valor social en torno a él siga cuesta abajo en la rodada.
El cuarto es la política local. Son de sobra conocidas las patologías que afectan a la política chilena en su escala subnacional: altos niveles de corrupción, clientelismo y disfuncionalidad en su encaje con otras instituciones. Se trata de una “columna vertebral fracturada” (Luna y Mardones). Pero hay una carga más profunda en esto. La burocratización de la política ha conllevado subsumir los formatos de acción local bajo las delimitaciones administrativas trazadas por el Estado: así, los “territorios” son comunas, no comunidades orgánicas. La política municipal no solamente ha devenido en un subtipo preponderante de la política local, sino que crecientemente es entendida como sinónimo de ella, sustituyendo a la vieja política de barrios, trabajos, profesiones, universidades y prácticas recreativas.
La pregunta cae de cajón. ¿Tiene, acaso, sentido una existencia colectiva sin vida familiar, bar, fútbol ni política local? Ante un escenario de desintegración generalizada, no es de extrañar que nuestra sociedad se encuentre sumida en una crisis política y social sin alternativas, condenada a profundizarse con cada nuevo intento infructuoso por morigerar sus peores expresiones. Quizás haríamos bien en considerar, como punto de partida sociológico, los puntos cardinales de Orwell para navegar las contradicciones del nuevo ciclo histórico que parece abrirse paso en nuestro país.