Nuestro país se arrastra en la inquietud terrible de una crisis social, política y cultural sin alternativas. Los acontecimientos de octubre de 2019 demostraron, para todo quien fuese capaz de verlo, hasta qué punto nuestras formas de convivencia habían saltado por los aires, y no eran capaces de producir un orden colectivo adecuadamente legitimado. Desde entonces, sin embargo, no hemos encontrado un camino de salida. La izquierda radical, embriagada de milenarismo y arrogancia, apostó la casa y fue derrotada con estrépito, arrastrando tras de sí a todo el arco de fuerzas desde el centro hacia la izquierda. Sus rivales, que hoy gobiernan, parecen seguir un derrotero equivalente: no hay en su agenda una comprensión política a la altura de los problemas centrales que aquejan al país, y en cambio ofrece una receta de mercantilización y liberalización económica a ultranza. La discusión pública se deteriora cada día, con discursos grandilocuentes que compiten por la atención mediática sin preocupación alguna por la elaboración intelectual o la conducción estratégica de los conflictos sociales.

Como si de un mero telón de fondo se tratase, nuestros problemas estructurales persisten y se agudizan hasta llegar a un punto crítico. Durante los últimos años, la sociedad chilena ha entrado en un proceso de rápida desintegración social, que ha resultado en patologías de distinta índole, y que se encuentra en la raíz de muchos de los problemas que hoy se identifican dentro de las prioridades de la agenda pública. Nuestros vínculos sociales, nuestros consensos normativos y nuestras instituciones culturales pierden capacidad de integración a la vez que nos dejan cada vez más solos, extraviados y perplejos. En este sentido, se ha intensificado también a nivel individual una crisis de sentido, particularmente notoria entre los más jóvenes, que se desprende y se imbrica con la crisis de desintegración social antes descrita. El resultado es un orden social que, sin haber terminado de resolver sus injusticias y desigualdades históricas, resulta incapaz de producir una sociabilidad que otorgue sentido a la vida de sus integrantes y haga posible una convivencia saludable.

Solamente en los últimos quince años han disminuido sensiblemente —y de forma medible— la legitimidad de las instituciones públicas, la identificación y práctica colectiva religiosa —especialmente católica—, la representatividad y capacidad de movilización de las principales organizaciones de la sociedad civil, la confianza institucional e interpersonal, la tasa de natalidad y nupcialidad, la cantidad promedio de amigos reportada por las personas, y las posibilidades de acceso a la vivienda para nuevas generaciones. Por otro lado, han aumentado los crímenes violentos, la cantidad de personas viviendo en campamentos, los niveles de inmigración al margen de una política de integración y legitimación democrática, los conflictos interculturales, la gama de identidades personales subjetivamente asumidas, la ludopatía, el precio de la vivienda, la burocratización del Estado y las universidades, el endeudamiento, la polarización, la violencia en los estadios, la comercialización y frivolización de la sexualidad, y la soledad. Lo anterior se suma a problemas endémicos de nuestro país como la alta desigualdad de ingresos, la concentración de la riqueza y el poder, y la persistencia de múltiples formas de segregación y marginalidad.

Nuestra vida colectiva se deteriora a ojos vista, y no hay crecimiento económico ni intervencionismo estatal que valga por sí solo. Las alternativas políticas y culturales actualmente hegemónicas no nos parecen suficientes; a nuestro juicio, ellas abordan los problemas de fondo de manera apenas lateral, superficial y subsumida a criterios ajenos de valor. La derecha se ha posicionado desde la defensa cerrada del mercado, la liberalización económica a ultranza y la concentración del poder, a la vez que mantiene visos autoritarios y tradicionalistas que emergen como respuestas rápidas a problemas complejos. La izquierda, en tanto, ha devenido en una mixtura superficial de libertarianismo cultural y neokeynesianismo económico, reforzando el paradigma de los derechos individuales en lugar del bien común, orientando sus proyectos únicamente a la intervención del Estado y erosionando implícitamente las condiciones de posibilidad para construir estructuras alternativas. La competencia política se lleva a cabo, entonces, entre proyectos contrapuestos que dejan sin abordar lo fundamental de nuestra crisis. Para peor, en los intersticios emergen fantasmas que radicalizan las patologías existentes.

Umbral es nuestro esfuerzo por articular una respuesta integral y autónoma ante la crisis de nuestro tiempo. Asumiendo críticamente la herencia de la tradición socialcristiana, y del humanismo laico y republicano, postulamos una afirmación política de transformaciones estructurales que dispongan las condiciones propicias para revertir las tendencias actuales de desintegración social y permitan construir, sobre ellas, nuevos vínculos y una nueva ética de la virtud. Rechazamos el paradigma del individualismo posesivo, el estatismo, la clausura ideológica, el nihilismo y la concentración de poder, proponiendo en su reemplazo la revalorización de la idea de bien común, las autonomías sociales, el pluralismo, la desconcentración, la solidaridad y la vida buena. Somos una plataforma colectiva de convicciones reformistas, comunitaristas y democráticas. Un espacio político y cultural crítico de la desigualdad, la segregación, el autoritarismo, la concentración económica y de poder, pero también de la disolución de los vínculos sociales, el individualismo, la burocratización, la crisis de sentido, el libertarianismo cultural y la frivolidad cortoplacista.

Nuestro propósito es encender una luz y señalar una orientación de movimiento. La crisis que identificamos no es irresoluble; las tendencias actuales pueden ser revertidas. Las tradiciones que nos inspiran, que parten desde la centroizquierda histórica pero se extienden mucho más allá, pueden contribuir todavía en la renovación de ideas y prácticas para nuestro futuro. Umbral existe porque no estamos condenados a la desintegración social, al nihilismo ni a la soledad; tampoco al sectarismo, a la banalización de nuestro debate público y a elegir entre opciones que, tal y como se encuentran dispuestas hoy, no ofrecen caminos para superar el estado vigente de cosas. Umbral nace para construir espacios de reflexión, participación e incidencia pública, poniendo sobre la mesa aquellos temas y aquellas problemáticas que, creemos, han sido indebidamente relegadas; para estimular la discusión acerca de los problemas de fondo que identificamos y promover, en un esfuerzo mancomunado y colectivo, la construcción de una alternativa. Así, con la esperanza como virtud presente, haremos camino al andar.