Vivimos años de disconformidad continua y extendida. Las décadas de mayor prosperidad, estabilidad política y avances sociales de la historia de nuestro país dejaron tras de sí una maraña de contradicciones irresueltas. El caos de aquellos días planteó una serie de preguntas que aún no hemos sido capaces de responder.
Una sociedad desintegrada
Nuestra crisis es, desde el punto de vista individual, una crisis de sentido; desde el punto de vista colectivo, es una crisis de integración. Los vínculos que hacen posible nuestra existencia colectiva han experimentado un grave deterioro en los últimos años.
Entendemos la desintegración social como una pérdida de orientaciones normativas colectivamente legitimadas que otorguen sentido a la existencia compartida de una comunidad.
Una política sin respuestas
Ante una crisis de magnitud semejante, el sistema político no ha conseguido entregar respuestas adecuadas. El problema central dice relación con una crisis profunda de representación y participación derivada de la desintegración social.
No nos conformamos con combatir por separado el liberalismo en el plano económico-social y el individualismo nihilista en el plano cultural. Sostenemos que ambas son una y la misma cosa.
Nuestra afirmación
Postulamos una afirmación política de transformación social y cultural que disponga las condiciones propicias para revertir las tendencias estructurales de desintegración social, y ubique al país en una senda de construcción de nuevos vínculos sociales.
A la crisis de sentido respondemos con una idea de la vida buena. A la crisis de integración social respondemos con una idea de bien común. A la desesperanza, la alienación, la perplejidad, respondemos con una dirección de movimiento.